El portavoz: más que palabras

¿Leo o me lo aprendo de memoria? ¿Cómo empiezo? ¿Dónde coloco las manos? ¿Hacia dónde miro? ¿Cómo hago llegar lo que tengo que decir? A la hora de encarar una intervención pública, sea del tipo que sea, son muchas las preguntas que tenemos sobre la mesa.

Lo primero que debemos tener claro es que ejercer la portavocía es mucho más que hablar. Es ser la imagen de una empresa o institución, tanto dentro como fuera de la misma. El portavoz es el encargado de transmitir su realidad y eso lo convierte en responsable último de cómo la percibe la opinión pública. Desempeñar este papel implica, por lo tanto, ser capaz de transmitir los mismos valores que esta representa.

Tener un buen mensaje es fundamental y estaremos de acuerdo en que sin contenido nada se sostiene en el tiempo. Pero también coincidiremos en que si quien tiene que comunicarlo no lo hace bien, duda, no prioriza lo importante o no convence a quien le escucha… todo el trabajo de fondo puede no tener recompensa. Por eso, es tan importante esta figura.

Sus cualidades deben ser muchas: claridad, concisión, naturalidad o empatía. Pero hay más. Una importante es conocer el tema sobre el que se habla. No se trata de ser el máximo experto en cada materia pero, ¿cómo voy a transmitir bien algo de lo que sé poco o nada?

Se podría pensar que todo esto tiene mucho que ver con las habilidades innatas de cada uno. Y tiene su importancia, por supuesto, pero no es suficiente. El buen portavoz se hace. Es cuestión de ser constante, de cuidar la comunicación no verbal, de estar concentrado, de formarse, de dejarse guiar por profesionales, de ser auténtico, de saber a quién te diriges y de tener claro lo que se quiere conseguir con cada intervención.

Es decir, la clave está siempre en prepararse y practicar para que incluso cuando sea algo que ya hemos hecho muchas veces, no olvidemos la necesidad de aplicar esa premisa que dice que no hay mejor improvisación que la que se prepara a conciencia.

Nacho Domínguez, Gabinete de Prensa

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